El
arquitecto destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una
cucharadita. Abrió la cafetera italiana, la llenó de agua, y con un cuchillo
raspó el interior del tarro sobre el filtro hasta cuando se desprendieron las
últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata. Mientras
esperaba a escuchar los gorgorismos del líquido, jugando con un viejo
portaminas en una actitud de confiada e inocente expectativa, el arquitecto experimentó
una sensación de vacío en sus tripas. Era una mañana difícil de sortear, aún
para un profesional como él que había sobrevivido a tantas mañanas como esa. Durante
años, desde que empezó la crisis, el arquitecto no había hecho nada distinto de
esperar. Al rato, entró en la gran sala del estudio con una taza de café. Ya nadie
le acompañaría en la degustación sorbo a sorbo del aromático líquido oscuro: el
despacho se había convertido en unipersonal. Se sentó ante la única mesa que
tenía un ordenador conectado y se dispuso a informarse de la actualidad
económica en general y profesional en particular, deseando encontrar noticias
de reactivación en el mundo de la construcción, en el ejercicio de la arquitectura.
Apuró la taza y al no encontrar la información que tanto tiempo esperaba sobre
los compromisos gubernamentales de regeneración, rehabilitación y renovación
urbana, tantas veces anunciados, se mintió a si mismo para convencerse de que
realmente nunca había creído en tales promesas y se dijo en voz alta: no
esperaba nada, soy arquitecto y hoy
LOS ARQUITECTOS NO TIENEN QUIEN LES ESCRIBA




