jueves, 7 de noviembre de 2013

LA AGUJA DE MAREAR

Empezar profesionalmente en el ejercicio libre de la Arquitectura fue para mí como botar un velero y navegar día y noche en un mar desconocido: arte, ciencia e intuición. Conocía todas las velas, cabos y palos de mi barco, pero nadie me había hablado de cartas de navegación, de medios de orientación fiables ni de las corrientes que iba a encontrar. Así, tras mucho tiempo de navegar, primero cabotajes y después travesías, entre temporales y calmas chichas, y tras no pocos sustos provocados por fuertes galernas, he construido mi propio sistema de orientación con el que he logrado no encallar nunca ¡ni hundir! los barcos que he pilotado. Esa brújula particular, la única que me ha funcionado, nos ha salvado a tripulación y pasaje en múltiples ocasiones. Pero desde que se desencadenó la crisis, la tormenta perfecta que presentíamos desde largo tiempo atrás, el mar del ejercicio profesional sufre un pertinaz temporal, que modifica constantemente toda referencia de navegación, generando peligros desconocidos y modificando los anteriormente localizados. Son frecuentes las derivas y los pocos viajeros que se arriesgan a zarpar en mi pequeño pero todavía seguro barco, están tan atemorizados que desisten inmediatamente de realizar la travesía o pretenden cambiar el rumbo de navegación, cuando no de capitán, embrujados por cantos de sirena que les embotan el conocimiento, empujándoles al motín. Somos muchos los que coincidimos en que las travesías se han vuelto peligrosas, se han llenado de nuevos riesgos y que los cambios efectuados en nuestros bajeles no son suficientes para garantizar una buena travesía. Por ello se hace preciso trazar nuevas rutas, construir barcos más grandes y seguros y dotarnos de una nueva




Nadie nos preparó en la Escuela de Arquitectura para la vida profesional. Quienes terminábamos, en mayor o menor número de años, los estudios que nos habilitaban para ejercer de arquitectos, nos sentíamos capaces de proyectar un auditorio, una catedral, un cementerio, ¡un nuevo barrio residencial completo! No estoy seguro de que nos sintiéramos capaces de hacer Arquitectura, pero si de proyectar a la manera de Rossi, Grassi, Botta, Scarpa, Stirling, Krier o los Five. Algunos colegas habían adquirido la capacidad de farfullar imitando a Le Corbusier o Aalto o chapurreaban palabras de Wright o Asplund sin acabar de dar continuidad a su discurso. Cuando hablábamos en arquitecto, eran las frases hechas de los grandes las que surgían de nuestro lápiz HB, conformando un discurso, aún bastante inconexo, con el que a duras penas nos entendíamos entre nosotros y que en absoluto comprendían los legos en la materia. Pero éramos jóvenes, y poseedores, nos decían, de un motor profesional de arranque lento, calentamiento parsimonioso y resultados óptimos a partir de la madurez, que obtendríamos cuando las canas tiñeran de blanco nuestras cabezas, y que nos aseguraría la prosperidad en la fase final de nuestra vida profesional (no recuerdo metáfora alguna para nuestras compañeras, que ya eran más que abundantes en la escuela en aquellos tiempos).

Así que empezamos a hablar arquitecto a nuestra manera: con mayor o menor vergüenza, o desvergüenza según se mire; a crear nuestros dialectos tomando construcciones gramaticales de aquí y de allá; mezclando vocabulario de los maestros con palabras autóctonas de nuestra tierra; o hermosas palabras clásicas con argot de los bajos fondos de la arquitectura. Se que algunos compañeros optaron por aprender ortodoxamente el idioma, que alguno se decantó decididamente por el argot, y que incluso unos pocos hicieron, finalmente, voto de silencio. Pero la gran mayoría hemos acabado creando una koiné que nos permite navegar por el proceloso mundo de la arquitectura intercambiando conocimientos y experiencias, lanzando mensajes coherentes, en ocasiones hermosos, en prosa, gramática y contenido.

Y casi todos  montamos nuestro pequeño estudio de arquitectura, a menudo entre varios  colegas que durábamos juntos hasta que el hartazgo por proyectar la nada de modo conjunto superaba a la necesidad de compartir los gastos generados en los diferentes concursos de arquitectura a los que, cándidamente, nos presentábamos. La figura del falso autónomo era entonces embrionaria, pero no así la del pequeño joven despacho que colaboraba para otro de más solera, o menos joven, ¡pero no mucho mayor ni más joven, no vayamos a creer lo que no era!, haciendo el cálculo de la estructura, el diseño de las instalaciones, el cálculo de los aislamientos o los detalles constructivos. Si había suerte, la relación era provechosa para ambas partes y la mera colaboración se convertía en algo más, en un trabajo en el que todos aprendíamos de todos; si no la había, llegabas a la conclusión de que el otro no tenía nada que enseñarte, que solo quería cobrar sin trabajar.


Y como no todo iba a ser negativo, un día llegaba tu primer encargo profesional propio que, como era de esperar, no tenía mucho de arquitectura. ¡Recuerdo cuando el día de Nochebuena de aquel lejano ochenta y seis le tuve que decir al dueño de una nave que el valor de la misma no cubría ni de lejos el valor del préstamo que solicitaba! Lo pasé mal, me sentía culpable por dar esa noticia en un día como aquél.

Al poco llegaba tu primera unifamiliar, obtenida a través de un amigo de la prima del cuñado de no recuerdo quién al que conocí una noche en un restaurante turbio, muy turbio, comiendo cuscús. La madre de la futura usuaria, en un pueblecito cercano, no entendía como en aquel solar de 5 metros de fachada que enseguida se ensanchaba a más de 15 habíamos planteado un patio interior, ¡como en las casas romanas! le habíamos dicho. Todavía recuerdo su cara: “¿Qué es esto? ¡Si cada vez que sople el cierzo los vacíos sacos de abono de los campos cercanos revolotearán en ese patio, auténtico “cado” de mierda!”, decía “¡Y nada de prever una lavadora en la cocina, que se estropean!” Lógicamente, ni la madre ni la hija aparecieron más por el despacho.

Poco a poco, golpe a golpe, proyecto a proyecto, he curtido mi modo de hacer y he ido adquiriendo destreza en el manejo del gobernalle de mi estudio, conocimiento de las rutas que me permiten navegar en el mar de la libre competencia. Sin grandes percances; con la ayuda y el consejo de algún que otro buen compañero y mejor persona; estudiando por mi cuenta los problemas a la hora de navegar y las lógicas exigencias de los viajeros; poniendo en cuestión las enseñanzas recibidas y adquiriendo otras, he ampliado las prestaciones de mi bajel y trazado mi propia carta de navegación que me ha permitido subsistir hasta este momento, en el que las canas blanquean mi cabeza y mi futuro sigue sin estar asegurado. Creo honradamente que mi discurso arquitectónico es, al menos, correcto y eficaz, inteligible para casi todos, y salteado de bonitas palabras que enriquecen su contenido, ofreciendo guiños de complicidad a los versados en arquitectura. No me considero capaz de dictar una clase magistral, pero sé en cada momento qué es preciso hacer y hasta donde puedo llegar.

En estos años he contado con una aguja de marear, creada por y para mi mediante el conocimiento de mi entorno físico y social, de su historia y tradiciones; manteniendo una actitud cercana y comunicativa con el cliente; intentando conocer y comprender su personalidad y las circunstancias particulares que le llevaban a solicitar mis servicios; confrontando sus anhelos con los generales de su entorno social, y comunicándole siempre lo que necesariamente debía de saber, no lo que querría escuchar. ¡Todo un instrumento de precisión artesana fruto de años de paciente dedicación!

Desgraciadamente en los últimos tiempos este sistema de navegación ha empezado a fallarme, a proporcionar datos erróneos que desbaratan mis singladuras, que me obligan a ir al garete en muchas de las escasas ocasiones en que hoy inicio una travesía. Su mecanismo, basado en actuar desde el conocimiento, la objetividad, la verdad y el bien común, es para mí el correcto pero está sufriendo las consecuencias de la crisis, que ha convertido a la verdad y el trabajo bien hecho en víctimas del dinero, o de la falta de él: no se trata de competir por hacer lo mejor, o algo con la calidad exigible a estas alturas de la historia, del modo más económico posible; sino de competir por ver quien hace algo del modo más barato, aunque no esté todo lo bien que debiera. Y ese proceder desbarajusta los finos ajustes de mi brújula personal a la vez que produce una dislexia en mi hablar arquitecto.

Me duele lo que la crisis, y la ideología dominante en el mundo occidental, está haciendo con la verdad, el magnetismo de mi aguja de bitácora, en todas partes pero especialmente en este rincón del sur de Europa llamado España, sobre todo a través de quienes tienen la responsabilidad de guiarnos, a todos, entre la tempestad: la verdad se estira, se retuerce, se vuelve del revés, se retoca, se dilata, se encoge… ¡es preferible la mentira, pues, al menos, es franca, podemos apreciarla en su concepto y actuar frente a ella con claridad!

Nuestra profesión precisa una nueva aguja de marear, común a todos pero personal para cada uno, que captando las diferentes facetas que presenta la verdad, poliédrica y no absoluta, nos permita navegar en las nuevas condiciones socio-económicas y profesionales que la crisis está provocando en nuestro entorno, responder a los nuevos retos sociales, plantar cara a piratas y advenedizos, y sobre todo, transportar de modo seguro a quien necesite de nuestros servicios. Una aguja que, reciclando en su mecanismo los principios que nos han permitido llegar hasta aquí con una cierta dignidad profesional, incorpore nuevos componentes programados en un lenguaje abierto a la sociedad, sus necesidades y su progreso. Esta herramienta rediseñada sólo saldrá de la puesta en común de experiencias, conocimientos, anhelos y ambiciones que intercambiemos desde la base. Yo al menos no espero casi nada de los lujosos camarotes de los buques insignia.





¡Y aquí me tenéis mientras tanto! Tratando de ajustar la aguja que tanto tiempo me ha costado construir y que hasta ahora nunca me había fallado. Entre tanto armar y desarmar me han sobrado piezas que no recuerdo ni para qué servían ni por qué las puse. Necesito arreglar este compás ¡con urgencia! Y no los reparan ni venden nuevos en ningún sitio. No es tan fácil de sustituir como el otro compás, el que nos acompañó desde el primer año de carrera y que nos martirizaba a la hora de hacer tangencias. ¡Ojalá lo fuera!

¡Ah, Si fuera tan fácil trazar un nuevo rumbo profesional como dibujar una tangencia en autocad!


2 comentarios:

  1. Es una descripción emotiva de lo que ha terminado y no volverá a ser igual.

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  2. Fantástico. Comparto la idea de Jesús. Los tiempos románticos de la arquitectura se han acabado. O nos los hemos cargado nosotros. O se los han cargado otros. No sé

    En cualquier caso, enhorabuena por el artículo

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